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FORMACIÓN
El educador y su tarea
Alicia de Ordóñez
opinion@prensa.com Mi vocación para trabajar con niños y jóvenes me convenció de que la aplicación de mi cátedra profesional en el área educativa sería una experiencia gratificante: comunicar mis conocimientos, ver cómo aquel individuo crea, desarrolla y analiza a partir de esa información. Ahora, después de tres meses de haber ingresado al sistema, puedo hacer constar que para una profesional no egresada del ramo de educación, entrar en este medio ha sido una experiencia chocante.
El nivel cultural e intelectual de muchos educadores de nivel básico y secundario público está por debajo del promedio. Desde profesionales graduados de cátedras de inglés que no hablan o escriben bien en español (ni qué decir de su inglés); maestras de escuela primaria copiándose en los parciales, hasta profesionales de otras cátedras cuya forma de pensar y de ver al mundo es limitada por el fanatismo religioso, forman parte del crisol de posibilidades que podemos encontrar en un curso para preparación docente. La raíz de esta situación es el paternalismo de las instituciones educativas y entidades gubernamentales que amparan todo tipo de eventos con tal de aumentar la matrícula y asegurarse las graduaciones. Hay un leseferismo, una política de dejar pasar.
La metodología más popular es aquella en que hay que bajar el nivel, disminuir las exigencias y prácticamente eliminar cualquier obstáculo que pueda intervenir entre el educador y el puesto que desea ejercer.Es importante que el educador, venga de donde venga, sea curioso, cuestione e investigue. Que tenga una motivación intrínseca por aprender cosas nuevas, y se someta voluntariamente al perfeccionamiento profesional que le ayuden a trascender como individuo y profesional. Pero que también las instituciones les exijan estas cualidades como parte del paquete de lo que representa el educador integral.
No se trata de demeritar a los educadores y su labor, sino de sugerir un proceso de selección objetivo y capacitaciones que realmente suplan las carencias que de una u otra forma llegan a afectar la labor de enseñar, después de todo, es la educación de nuestros hijos la que está en medio. Los profesores a los que recuerdo con más cariño y respeto son aquellos con personalidades tan complejas como interesantes, que llegaban a dar clases, no a “pajarear”, enseñaban a tomar apuntes, eran estrictos, exigentes y no aceptaban un “se me olvidó” como respuesta porque sabían que solo fomentando la responsabilidad, la atención y la curiosidad era posible salir bien preparados.
Con mi profesora de matemáticas, que revisaba neuróticamente las libretas en busca de algún tachoncito de liquid paper, aprendí a ser ordenada y limpia en la entrega de mis trabajos y a renegar el uso del corrector líquido. Con mi profesora de inglés, una mujer bajita y de mucho carácter, que no permitía hablar nada en español desde que entraba a la clase hasta que salía, pude aplicar a trabajos bilingües. Con mi profesor de biología, lector asiduo de Steven Hawkings, amante de la genética y que casi hizo fiesta cuando descifraron en aquellos años el genoma humano, aprendí que el cuerpo del hombre es la máquina perfecta y que E=mc2 es la ecuación de Dios. Y la mano firme de la directora del plantel me enseñó desde etiqueta, hasta valorar a mi propia persona y respetar a mi patria. Miguel Ángel Cornejo, durante una conferencia para la Cámara Junior de Panamá, comentaba que Japón después de haber perdido la II Guerra Mundial era un país devastado, pobre y sin empresas de peso y que la clave de su éxito fue traer a los mejores especialistas a nivel mundial en cada rama de conocimientos y aprender de ellos, capacitar a su recurso humano sólo con los mejores.
En tiempos de política es muy fácil prometer una educación íntegra, de primer mundo. Y si bien en Panamá hay gente muy inteligente, es mediante el establecimiento de sistemas lógicos, objetivos y exigentes de preparación, el seguimiento a los educadores y la disposición de los mismos por mejorar y elevar su nivel de rendimiento, el interés de los padres de familia para velar por la mejor educación para sus hijos, que vamos a notar la diferencia.